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Abriendo Puertas Study Guide
  Guía De Estudio
La casa de Bernarda Alba Acto I
Federico García Lorca

1. Los nombres de los personajes juegan un papel muy importante en La casa de Bernarda Alba. Intenta averiguar el significado de por lo menos cuatro nombres y escribe, desde tu punto de vista, en torno a las razones por las cuales García Lorca los eligió.

2. Mientras leas, fíjate en la importancia que tienen las siguientes citas en el desarrollo de la trama. Interpreta en tus propias palabras el significado de cada una de ellas, indicando quién habla y con quién, y ubicando la cita dentro de la trama. Por ejemplo:

—Era la única que quería al padre. ¡Ay! Gracias a Dios que estamos solas un poquito. Yo he venido a comer.

—¡Si te viera Bernarda!

— ¡Quisiera que ahora, como no come ella, que todas nos muriéramos de hambre! ¡Mandona! ¡Dominanta! . . . Es capaz de sentarse encima de tu corazón y ver cómo te mueres durante un año sin que se le cierre esa sonrisa fría que lleva en su maldita cara . . . pero un día me hartaré . . . Ese día me encerraré con ella en un cuarto y le estaré escupiendo un año entero.

Aquí habla Poncia, vieja criada principal de la casa de Bernarda Alba, con la otra criada de la casa. Esta cita se halla al comienzo de la obra, y las dos hablan de Bernarda, matriarca de la casa, quien acaba de enterrar a su segundo esposo, padre de todas sus hijas menos la mayor, Angustias. Desde el primer instante nos damos cuenta de la tiranía brutal que ejerce Bernarda sobre todos los aspectos de la vida de su casa. Poncia vacila entre sentimientos de temor y odio hacia Bernarda. En el Segundo Acto encontraremos referencias en boca de Bernarda al origen de Poncia, recogida cuando niña, probablemente de la calle, y protegida por Bernarda. Se sugiere que su madre fue prostituta.

a. —¡Silencio!
—¡Bernarda!
— Menos gritos y más obras. Debías haber procurado que todo esto estuviera más limpio para recibir al duelo. Vete. No es éste tu lugar. (La Criada se va sollozando.) Los pobres son como los animales. Parece como si estuvieran hechos de otras sustancias.

b. —No tendrás queja ninguna. Ha venido todo el pueblo.
—Sí; para llenar mi casa con el sudor de sus refajos y el veneno de sus lenguas.
—¡Madre, no hable usted así!
— Es así como se debe hablar en este maldito pueblo sin río, pueblo de pozos, donde siempre se bebe el agua con el miedo de que esté envenenada.

c. —. . . Niña, dame un abanico.
—Tome usted. (Le da un abanico redondo con flores rojas y verdes.)
— (Arrojando el abanico al suelo.) ¿Es éste el abanico que se da a una viuda? Dame uno negro y aprende a respetar el luto de tu padre.

d. — . . . En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Haceros cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas. Así pasó en casa de mi padre y en casa de mi abuelo. Mientras, podéis empezar a bordar el ajuar.

e. —Ve con ella y ten cuidado que no se acerque al pozo.
—No tengas miedo que se tire.
—No es por eso. Pero desde aquel sitio las vecinas pueden verla desde su ventana.

f. — ¡Es que tus hijas están ya en edad de merecer! Demasiada poca guerra te dan. Angustias ya debe tener mucho más de los treinta.

—Treinta y nueve justos.
—Figúrate. Y no ha tenido nunca novio . . .
—(Furiosa.) ¡No, no ha tenido novio ninguna ni les hace falta! Pueden pasarse muy bien.
—No he querido ofenderte.
— No hay en cien leguas a la redonda quien se pueda acercar a ellas. Los hombres de aquí no son de su clase.

g. — Si viniera por el tipo de Angustias, por Angustias como mujer, yo me alegraría; pero viene por el dinero. Aunque Angustias es nuestra hermana, aquí estamos en familia y reconocemos que está vieja, enfermiza y que siempre ha sido la que ha tenido menos mérito de todas nosotras. Porque si con veinte años parecía un palo vestido, ¡qué será ahora que tiene cuarenta!

—No hables así. La suerte viene a quien menos la aguarda.
—¡Después de todo dice la verdad! Angustias tiene el dinero de su padre, es la única rica de la casa . . .

h. —¿Te han visto ya las gallinas?
—¿Y qué querías que hiciera?
—¡Si te ve nuestra madre te arrastra del pelo!
— Tenía mucha ilusión con el vestido. Pensaba ponérmelo el día que vamos a comer sandías a la noria. No hubiera habido otro igual.

i. — (Apareciendo) Pepe el Romano viene por lo alto de la calle.
(Amelia, Martirio y Magdalena corren presurosas.)

—¡Vamos a verlo! (Salen rápidas.)
—(A Adela.) ¿Tú no vas?
—No me importa.

j. —¡Calle usted, madre!
—No, no callo . . . ¡Bernarda, yo quiero un varón para casarme y para tener alegría!
—¡Encerradla!
— ¡Déjame salir, Bernarda! . . . ¡Quiero irme de aquí, Bernarda! A casarme a la orilla del mar, a la orilla del mar!




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